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martes, 17 de septiembre de 2013

Desprecia PRI el voto magisterial; “partido no lo necesita”: Andrade.





Con un tono de soberbia y menosprecio, el diputado local y presidente de la Mesa Directiva del Congreso Local, Eduardo Andrade Sánchez minimizó la protesta magisterial, y adelantó que si desean votar por un partido distinto al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en las próximas elecciones, que lo hagan, pues aseguró que esos votos no les hacen falta.



Además opinó que los docentes se han conducido con actitudes no democráticas, ni legales, pues consideró que no tienen la facultad de apoderarse de la plaza Lerdo, por lo que justificó cualquier medida para retirarlos.

Incluso retomó el sentido de las declaraciones del senador Héctor Yunes Landa, respecto que al haber votado por el PRI en las pasadas elecciones federales, era sinónimo de avalar las reformas aprobadas.

“Si quieren votar por otro partido en la próxima elección que lo hagan, porque en este momento la mayoría aprobó las modificaciones legales de la reforma educativa”, añadió el diputado local plurinominal, quien en la elección del año 2000 renunció al PRI, cuando fungía como jefe de prensa de la campaña presidencia del Roberto Madrazo al considerar a ese partido antidemocrático.

Eduardo Andrade Sánchez intentó fallidamente gesticular una cara de desconocimiento sobre el desalojo violento de maestros en la Plaza Lerdo, pues acompañó los gestos con una declaración de ignorar ese hecho.

Por el contrario, criticó que hayan habido profesores y personas ocupando ese espacio público de una manera unilateral, lo que consideró no es una medida de protesta, ni tampoco una conducta democrática.

“La manera de combatir una medida que no nos gusta es trabajando políticamente y convenciendo a la gente que vote en otro sentido, pero no impidiendo la circulación de un espacio que es de todos”, expresó.

El diputado local señaló que en el Congreso Local hay disposición al diálogo y a trabajar en las leyes secundarias para armonizarlas, conforme a lo aprobado por la Cámara de Diputados federal, y dijo, esa es la parte que le corresponde hacer a los legisladores.

“Hay que ver dentro del marco que nos corresponde a nosotros los planteamientos que nos hagan y atender lo que este dentro del marco general de la legislación y aquello que pueda introducirse, atendiendo esas peticiones se tendrá que hacer, es un espacio que ahí queda y es factible”, refirió.

sábado, 14 de septiembre de 2013

1810 Allende escribe a Hidalgo explicando que, por táctica, se haga creer que el movimiento revolucionario que se prepara es “únicamente para favorecer al rey Fernando VII".

San Miguel el Grande, agosto 31, 1810.

Señor cura don Miguel Hidalgo y Costilla.

Estimado señor cura: Llegué de Querétaro, aniversario de la conquista de México, se dispuso que hubiera fiestas públicas que duraran tres días, y nosotros, sin ocuparnos de ellas, nos fuimos a casa de los González, donde se trataron muchos asuntos importantes.

Se resolvió obrar encubriendo cuidadosamente nuestras miras, pues si el movimiento era francamente revolucionario, no sería secundado por la masa general del pueblo, y el alférez real don Pedro Septién robusteció sus opiniones diciendo que si se hacía inevitable la revolución, como los indígenas eran indiferentes al verbo libertad, era necesario hacerle creer que el levantamiento se lleva a cabo únicamente para favorecer al rey Fernando.

En la junta que viene voy a proponer que el levantamiento lo hagamos en San Juan (de los Lagos), en los días de feria, donde sin estar desprevenidos en lo absoluto nos haremos de buenos elementos; pero quiero antes, tan luego que pueda, ir a ver a usted, para obrar siempre de acuerdo en esta causa.

Deseo su buena salud y a Dios pido se conserve, y me repito su apasionado, afectísimo y seguro servidor, que atento besa a usted su mano.

31 de agosto de 1810.




14 de septiembre de 1813 Sentimientos de la Nación.



1º Que la América es libre independiente de España y de toda otra Nación, Gobierno o Monarquía, y que así se sancione, dando al mundo las razones.
2º Que la religión católica sea la única, sin tolerancia de otra.
3º Que todos sus ministros se sustenten de todos y solos los diezmos y primicias, y el pueblo no tenga que pagar más obvenciones que las de su devoción y ofrenda.

4º Que el dogma sea sostenido por la jerarquía de la iglesia, que son el Papa, los Obispos y los Curas, porque se debe arrancar toda planta que Dios no plantó: omnis plantatis quam nom plantabit Pater meus Celestis Cradicabitur. Mat. Cap. XV.

5º Que la Soberanía dimana inmediatamente del Pueblo, el que sólo quiere depositarla en el Supremo Congreso Nacional Americano, compuesto de representantes de las provincias de números.

6º Que los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial estén divididos en los cuerpos compatibles para ejercerlos.

7º Que funcionarán cuatro años los vocales, turnándose, saliendo los más antiguos para que ocupen el lugar los nuevos electos.

8º La dotación de los vocales, será una congrua suficiente y no superflua, y no pasará por ahora de ocho mil pesos.

9º Que los empleos sólo los americanos los obtengan.

10º Que no se admitan extranjeros, si no son artesanos capaces de instruir y libres de toda sospecha.

11º Que los Estados mudan costumbres y, por consiguiente, la Patria no será del todo libre y nuestra mientras no se reforme el Gobierno, abatiendo el tiránico, substituyendo el liberal, e igualmente echando fuera de nuestro suelo al enemigo español, que tanto se ha declarado contra nuestra Patria.

12º Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto.

13º Que las leyes generales comprendan a todos, sin excepción de cuerpos privilegiados; y que éstos sólo lo sean en cuanto al uso de su ministerio.

14º Que para dictar una ley se haga junta de sabios en el número posible, para que proceda con más acierto y exonere de algunos cargos que pudieran resultarles.

15º Que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud.

16º Que nuestros puertos se franqueen a las naciones extranjeras amigas, pero que éstas no se internen al Reino por más amigas que sean, y sólo habrá puertos señalados para el efecto, prohibiendo el desembarque en todos los demás, señalando el diez por ciento.

17º Que a cada uno se le guarden sus propiedades y respete en su casa como en un asilo sagrado, señalando penas a los infractores.

18º Que en la nueva legislación no se admita la tortura.

19º Que en la misma se establezca por Ley Constitucional la celebración del día 12 de diciembre en todos los pueblos, dedicado a la Patrona de nuestra Libertad, María Santísima de Guadalupe, encargando a todos los pueblos, la devoción mensual.

20º Que las tropas extranjeras o de otro Reino no pisen nuestro suelo, y si fuere en ayuda, no estarán donde la Suprema Junta.

21º Que no hagan expediciones fuera de los límites del Reino, especialmente ultramarinas; pero (se autorizan las) que no son de esta clase, (para) propagar la fe a nuestros hermanos de Tierra dentro.

22º Que se quite la infinidad de tributos, pechos e imposiciones que nos agobian, y se señale a cada individuo un cinco por ciento de semillas y demás efectos u otra carga igual, ligera, que no oprima tanto, como la Alcabala, el Estanco, el Tributo y otros; pues con esta ligera contribución, y la buena administración de los bienes confiscados al enemigo, podrá llevarse el peso de la guerra y honorarios de empleados.

23º Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la Independencia y nuestra santa Libertad comenzó, pues en ese día fue en el que se desplegaron los labios de la Nación para reclamar sus derechos con espada en mano para ser oída; recordando siempre el mérito del grande héroe, el señor Dn. Miguel Hidalgo y su compañero Dn. Ignacio Allende. Chilpancingo, 14 de septiembre de 1813. José María Morelos. (Rúbrica).

Fuente: Miguel León Portilla, et. al., Historia documental de México, México, IIH-UNAM, 1984.

Septiembre 14 de 1847 Las tropas invasoras norteamericanas ocupan la capital de la República.







Después de la pérdida de la batallas de Molino del Rey y de Chapultepec, los invasores norteamericanos se movilizan para entrar a la ciudad de México que estaba indefensa pues Santa Anna había se había retirado con el ejército a la ciudad de Guadalupe Hidalgo.



En la madrugada de este día martes 14 de septiembre, enviados de la Ciudadela, con bandera blanca, invitan al general Quitman a tomar la plaza, en la que todavía encuentra quince piezas de cañón montadas. A continuación envía una columna sostenida por una batería ligera a recorrer las principales calles de la ciudad hasta la plaza mayor; ya ahí, el capitán Roberts, del regimiento de rifleros, entra al Palacio Nacional, que había sido saqueado, y a las siete de la mañana de hoy coloca en su asta la bandera de las barras y las estrellas. Guillermo Prieto (Memorias de mis Tiempos) relata que un francotirador mexicano disparó certero contra el primer soldado norteamericano que trató de izar esa bandera.




Por otra parte, los regidores Urbano Fonseca y José María Saldívar, acompañados por el oficial mayor del ayuntamiento, Leandro Estrada y por el intérprete Juan Palacios viaja a Tacubaya a pedir a Scott garantías para la ciudad, y éste responde que no firmará capitulación alguna; sin embargo, les da la garantía de honor de que se respetará a la población civil. Nombra al general Quitman gobernador civil y militar de la ciudad. Por su parte, el obispo hizo cantar un Te Deum para celebrar la victoria; muchos ricos lo apoyaron, aplaudiendo a los invasores, y algunos vieron con agrado la idea de la anexión a Estados Unidos.



El pueblo indignado espontáneamente comienza a resistir a los invasores a tiros de fusil desde ventanas y azoteas de las casas. El general Scott ordena que sean voladas, y los vecinos fusilados sin mayor formalidad.





“Entre tanto, el combate se había generalizado ya: en todas las calles que había ocupado el ejercito enemigo, se peleaba con arrojo y entusiasmo. La parte del pueblo que combatía, lo hacía en su mayoría sin armas de guerra, a escepcion de unos cuantos, que más dichosos que los demás, contaban con una carabina o un fusil, sirviéndose el resto, para ofender al enemigo, de piedras y palos, de lo que resultó que hicieran en los mexicanos un estrago considerable las fuerzas americanas.







Algunos nacionales, de los que la noche anterior se habían visto obligados a abandonar sus puestos, salieron de sus casas a la calle, llevando consigo sus fusiles, para tomar parte en la refriega. Ocupáronse algunos edificios altos y varios templos, desde donde se podía hacer más daño a los enemigos. De los barrios de San Lázaro, San Pablo, la Palma y el Carmen, se veían brotar hombres decididos a buscar la muerte por defender su libertad; y muchos que a consecuencia de la distancia, no podían ofender a sus contrarios con sus armas improvisadas, salían a la mitad de las calles, sin otro objeto que provocarlos, para que se arrojaran sobre ellos, y pudiera el que tenia fusil dispararlo con buen éxito.



Multitud de victimas en todo aquel día regaron con su sangre las calles y plazas de la ciudad. Doloroso es decir que aquel esfuerzo generoso del pueblo bajo, fue en lo general censurado con acrimonia por la clase privilegiada de la fortuna, que veía con indiferencia la humillación de la patria, con tal de conservar sus intereses y su comodidad.



Todo el día resonó en la ciudad el ruido desolador de la fusilería; y la artillería, haciendo estremecer los edificios hasta en sus cimientos, difundía por todas partes el espanto y la muerte. Horas enteras se prolongó la lucha emprendida por una pequeña parte del pueblo, sin plan, sin orden, sin auxilio, sin ningún elemento que prometiera un buen resultado; pero lucha, sin embargo, terrible y digna de memoria.





Aun en medio del combate, los enemigos se entregaron a los más infames escesos: horribles fueron los desastres que señalaron la ocupación de México. El que no haya visto a una población inocente presa de una soldadesca desenfrenada, que ataca al desarmado, que fractura las puertas de los hogares para saquearlos, asesinando a las pacíficas familias, no puede formarse una idea del aspecto que presentaba entonces la hermosa cuanto desgraciada capital de la República”. (Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos)



Este mismo día, el Ayuntamiento publica un manifiesto exhortando a mantener la tranquilidad, pues mientras siguiera la acción de los francotiradores, los norteamericanos no garantizarían los derechos naturales y de gentes. Pero la resistencia del pueblo continúa. No sirve para el desánimo, la noticia de que las tropas mexicanas que estaban en la Villa de Guadalupe, en vez de venir a defender la capital, se alejan cada vez más sin combatir.



Durante todo el tiempo que durará la ocupación, el pueblo se mantendrá rebelado y una comisión militar, juzgará a los “rebeldes” y será frecuente que a pedradas, la gente impida la aplicación de los castigos impuestos. Como antes de la llegada de las tropas invasoras al valle de México, se habían desempedrado varias calles de la capital y colocadas las piedras en las azoteas para arrojarlas a los norteamericanos, las autoridades de la ocupación ordenarán bajarlas y regresarlas a sus sitios anteriores.



La bandera del águila y la serpiente volverá a ondear en el Palacio Nacional hasta el 12 de junio de 1848.

viernes, 13 de septiembre de 2013

13 de Septiembre de 1847 Los niños héroes y sus mitos

El monumento a los niños héroes fue construido bajo el gobierno de Miguel Alemán y aloja l

Sólo era cuestión de hacer algunas sencillas operaciones aritméticas para saber que algo no cuadraba cuando nos contaban la gesta heroica de los niños héroes. De acuerdo con la historia oficial, el 13 de septiembre de 1847 el ejército invasor se lanzó al asalto del Castillo de Chapultepec con 1200 soldados que se enfrentaron a… ¡6 cadetes del Colegio Militar! La lucha desde luego, se antojaba ligeramente desigual; haciendo cálculos, cada muchacho debía acabar con 200 soldados enemigos para cantar victoria. ¡Por eso perdimos!

La historia oficial se encargó de reducir la batalla de Chapultepec exclusivamente al sacrificio de los jóvenes cadetes, pero aquel 13 de septiembre había poco más de 800 soldados mexicanos, que fueron apoyados por el batallón activo de San Blas con 400 hombres más y medio centenar de cadetes del Colegio Militar, no sólo 6.

Al término de la jornada las cifras eran escalofriantes: cerca de 400 soldados habían desertado; alrededor de 600 murieron y de los cadetes 6 perdieron la vida. Cada 13 de septiembre cuando en la ceremonia cívica se escucha el grito: “¡Murió por la Patria!”, habría que pensar en todos los caídos y no sólo en los “niños héroes”.

Todo tipo de historias se crearon alrededor de los “niños héroes”. En aras de la construcción del altar de la patria -a donde el sistema político mexicano del siglo XX llevó a sus héroes para legitimarse en el poder-, muchas se exageraron, otras se distorsionaron y no pocas fueron inventadas. El término “niños héroes” se convirtió en sinónimo de amor a la patria y pureza cívica, revestido de cierto romanticismo cursi que terminó por empañar la reconstrucción objetiva del acontecimiento.

Desde finales del siglo XIX, la epopeya de los cadetes del Colegio Militar ya había permeado en la conciencia colectiva como una de las narraciones clásicas de la historia de México. Uno de los mejores ejemplos es la poesía de Amado Nervo titulada “Los niños mártires de Chapultepec” y cuyo más conocido verso dice: “Como renuevos cuyos aliños,/ un viento helado marchita en flor,/ así cayeron los héroes niños,/ ante las balas del invasor”. Definirlos cómo mártires les otorgaba una connotación de religiosidad cívica y los colocaba lejos de la realidad histórica.

Se dice que los niños héroes, “ni eran niños ni eran héroes”. Ésta es una verdad a medias. Indudablemente no eran niños: en septiembre de 1847, Francisco Márquez y Vicente Suárez andaban por los 14 años de edad; Agustín Melgar y Fernando Montes de Oca tenían 18; Juan de la Barrera 19 y Juan Escutia 20.

Sin embargo, no queda lugar a dudas que sí fueron héroes por varias razones –aunque el concepto en sí mismo es excesivo-: por haber tomado las armas para defender el territorio nacional; porque no tenían la obligación de permanecer en el Castillo por su condición de cadetes y decidieron quedarse voluntariamente; porque con escasas provisiones y pertrechos militares, resistieron el bombardeo de más de un día, bajo el fuego de la artillería enemiga que hacía cimbrar Chapultepec entero. Frente a estos hechos, la edad poco importaba.

Quizás el mayor mito que rodea a los “niños héroes” es la conmovedora escena en la cual, Juan Escutia -que no era cadete del Colegio Militar-, toma la enseña tricolor y decide arrojarse desde lo alto del Castillo de Chapultepec antes que verla mancillada por los invasores. Escutia no murió por un salto ni envuelto en una bandera, cayó abatido a tiros junto con Francisco Márquez y Fernando Montes de Oca cuando intentaban huir hacia el jardín Botánico. La bandera mexicana fue capturada por los estadounidenses y fue devuelta a México hasta el sexenio de José López Portillo.

Por razones políticas, la historia de los niños héroes adquirió la dimensión de un “cantar de gesta” durante el periodo del presidente Miguel Alemán. La razón era sencilla, en marzo de 1947 el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, realizó una visita oficial a México cuando se conmemoraban 100 años de la guerra entre ambos países.

Para tratar de agradar a los mexicanos colocó una ofrenda floral en el antiguo monumento a los niños héroes en Chapultepec y expresó: “un siglo de rencores se borra con un minuto de silencio”. La frase de Truman y el homenaje tocaron las fibras más sensibles del nacionalismo mexicano y desató el repudio hacia el vecino del norte, a tal grado que, al caer la noche, cadetes del Colegio Militar retiraron la ofrenda del monumento y la arrojaron a la embajada estadounidense.

Para apaciguar los ánimos y resaltar los egregios valores de la mexicanidad sobre la amenaza exterior, el gobierno decidió recurrir a la historia. Poco después de la visita de Truman se dio a conocer una noticia que ocupó las primeras planas de los diarios. Durante unas excavaciones al pie del cerro de Chapultepec se encontraron seis calaveras que se dijo pertenecían a los niños héroes.

La supuesta autenticidad fue apoyada por varios historiadores y por el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Nadie se atrevió a contradecir la “verdad histórica”, avalada por el presidente, con un decreto donde declaró que aquellos restos pertenecían indudablemente a los niños héroes.

¿Quién podía cuestionar la autoridad histórica del presidente de la República. Si la fundamentación era muy sólida? Seguramente en septiembre de 1847, en medio de la batalla, algún profeta o un vidente se tomó el tiempo para hallar, entre los 600 muertos que yacían regados por todos lados, los cuerpos de los seis cadetes que cayeron en distintos sitios y los sepultó juntos esperando que un siglo después fueran encontrados para gloria de México.

A partir de ese momento los “niños héroes” adquirieron otra dimensión y se transformaron un mito. En 1952 se inauguró su nuevo monumento –conocido hoy como el altar a la patria- y ahí fueron depositados los restos óseos de seis desconocidos pues nunca se comprobó científica y documentalmente que efectivamente eran los cadetes. Por lo que se verificó, flagrantemente, un fraude óseo.

El sistema político mexicano manipuló la historia y le negó su lugar a otros personajes que también participaron en 1847. Hoy sabemos que los seis cadetes que cayeron combatiendo no eran los únicos que tomaron las armas para defender a la patria. Había otros, particularmente uno, que resultó herido y logró sobrevivir. Ese otro “niño héroe” tuvo la fortuna de salir con vida de la batalla, no obstante que se mantuvo firme en su posición defensiva.

Un poco más crecidito, nuestro todavía desconocido “niño héroe” se convirtió en la mejor espada del partido conservador y en acérrimo enemigo de los liberales y de Benito Juárez. De haberlo tenido en sus manos lo hubiera hecho fusilar, como don Benito hizo con él tiempo después. Nuestro “niño héroe” -desconocido para casi todos-, de haber militado en las filas liberales, también por decreto pudo haber sido llamado: “el niño héroe presidente” ya que ocupó la primera magistratura del país a los 27 años de edad, pero se equivocó de bando y por consiguiente fue condenado al infierno cívico. Su nombre: Miguel Miramón.

La historia de los niños héroes sigue causando polémica y desatando pasiones. Su desmitificación supone la reconstrucción paulatina del hecho, de los personajes y de sus circunstancias, a partir de todas las fuentes, sin sesgar, ni excluir. Todos los defensores de Chapultepec, sin excepción, se ganaron su derecho de piso en la historia nacional.
Por: Alejandro Rosas

lunes, 9 de septiembre de 2013

9 de Septiembre de 1847 Los invasores americanos ahorcan en San Ángel a soldados irlandeses del Batallón de San Patricio



Los dieciséis soldados irlandeses del Batallón de San Patricio, ahorcados este día en San Ángel por las tropas invasoras norteamericanas, habían formado parte del ejército de Estados Unidos, pero por los malos y discriminatorios tratos de sus oficiales y por su religión católica habían desertado y formado su propio batallón dentro de las fuerzas mexicanas, alentados por las proclamas del general Pedro Ampudia para que cambiaran de bando.

Se habían enlistado en el ejército mexicano con la esperanza de que en México recibirían tierras y mejor acogida como inmigrantes. Fieles a sí mismos en cuanto a sus ideales de libertad y considerando injusta la guerra -muy similar a la que los irlandeses sostenían contra los ingleses-, se integraron a las filas nacionales doscientos sesenta de ellos. John O’Reilly, teniente de artillería, fue el primer voluntario, que junto con otros irlandeses desertaron en marzo de 1846, días antes de que los Estados Unidos iniciaran su agresión contra México.

O’Reilly, había nacido en Irlanda en 1795, muy joven se involucró con rebeldes que luchaban contra los ingleses; luego, perseguido, se embarcó y llegó al Canadá; pasó a Estados Unidos, se enlistó. Desertó cuando se enteró de las causas de la guerra y fue cuando se integró al ejército mexicano. Después de la caída de Matamoros, se incorporaron cuarenta irlandeses y cuatro esclavos negros más. Al poco tiempo ya era comandante del Batallón de San Patricio, que también incluía alemanes y poloneses católicos, quienes con heroísmo lucharon en las más importantes batallas libradas durante la guerra, especialmente en la de Monterrey y en la de La Angostura, primero como artilleros y después en la infantería por órdenes de Santa Ana. Por el color de su piel y de sus cabellos el pueblo les llamó "los colorados".

En abril de 1847, cuando habían formado dos compañías, fueron reconocidos como elementos oficiales del ejército mexicano, se les ofrecieron doscientos acres de tierra, además del fusil que se les entregaría y una cantidad en efectivo. En las batallas, los irlandeses fueron reconocidos porque combatían bajo una bandera blanca y verde que llevaba por un lado una imagen de San Patricio, santo patrono de Irlanda y por el otro un escudo con un arpa dorada con las palabras Erin Go Bragh (Irlanda por siempre), la torre de Sharmock y el nombre de su capitán Riley bordado en verde.

La mayoría de los irlandeses que combatieron a favor de México, murió en combate. Setenta y dos fueron hechos prisioneros después de la batalla de Churubusco, en la cual murieron dos subtenientes, cuatro sargentos, seis cabos y 23 soldados del Batallón San Patricio.

Para juzgar a los prisioneros irlandeses, el ejército norteamericano estableció dos consejos de guerra, uno en Tacubaya y otro en San Ángel. Se encargó del castigo y ejecución del mismo al coronel William Harney, descendiente de irlandeses. Conforme al código militar de Estados Unidos, la embriaguez al momento de la deserción era un atenuante, y muchos la alegaron sin éxito durante el juicio. Tampoco valió que declararan que nunca habían disparado contra las tropas invasoras.

O’Reilly señaló como causas de su deserción los abusos y discriminaciones de que eran objeto los irlandeses y el pillaje, saqueo y asesinatos que se cometían contra los mexicanos en una guerra injusta, por lo que fue condenado a la horca, pese a que esta pena sólo correspondía a los desertores en tiempo de guerra y él había desertado antes de que se iniciaran las hostilidades.

Otro de los dirigentes del batallón irlandés, Barry Fitzgerald, durante el Consejo de Guerra señaló: “Los soldados de San Patricio no esperamos clemencia por parte de ustedes. La muerte honra cuando la vida se entrega por una causa justa. Quiero aclarar a la defensa que no fuimos seducidos como se trata de hacer creer. A una mujer se le seduce [...] a un hombre se le convence. El Batallan de San Patricio está formado por patriotas de Irlanda, por hombres que hemos sentido en nuestra tierra, en nuestra carne, el brutal atropello y el descarado despojo del que abusa de su fuerza. Fuimos engañados, sí, pero por el ejército norteamericano que nos alistó en sus filas asegurándonos que los Estados Unidos eran víctimas de una agresión por parte de los bárbaros. Ese fue el engaño [...] porque el pueblo llamado bárbaro era débil y no atacaba, sino que era agredido. Incendiaba sus pueblos, destruía sus hogares y salía con sus mujeres y sus hijos a luchar por los caminos antes que rendirse o entregarse […] ese valor fue el que nos sedujo a los irlandeses, el que nos recordó que nuestro pueblo era víctima también del sátrapa y del malvado inglés. Su fervor, su fe católica nos unía a ellos en esta infame conquista que será un estigma para los Estados Unidos. “

Todos fueron condenados a la muerte. Pero el general Scott no confirmó las sentencias de aquellos que demostraron haber desertado antes de iniciada la guerra, entre ellos O’Reilly, quienes fueron condenados a prisión, a recibir en la espalda cincuenta latigazos y a ser marcados con una “D” de desertor a hierro candente en la cadera derecha.

John O’Reilly recibirá cincuenta latigazos y por haber causado grandes destrozos a los norteamericanos será marcado en la mejilla derecha y como la quemadura no dejará clara la “D” infamante, será marcado también en la otra mejilla.



Este día 9 de septiembre, se cumple la sentencia en San Ángel y dieciséis de ellos son ahorcados; al día siguiente, serán ajusticiados cuatro en Mixcoac, luego treinta; los demás en Tacubaya el 13 de septiembre siguiente. Ese día aciago para los mexicanos, cuenta Carlos Betancourt (El Batallón de San Patricio ¿héroes o traidores?: “Sucumbieron en la horca en
un camino desde donde se podía observar a la distancia el Castillo de Chapultepec. El coronel enemigo William Selby Harney, irónicamente de ascendencia irlandesa estuvo a cargo de hacer cumplir la sentencia. Decidió coordinar las ejecuciones con el asalto de su ejército al cerro de Chapultepec. Construyó un cadalso en una ligera elevación del terreno desde donde se veía claramente la fortaleza y colocó a los prisioneros sobre unas carretas, con la soga al cuello y con la cara hacia donde se libraba la batalla. Esperó hasta que todos pudieran percatarse de que en el castillo era arriada la bandera mexicana en señal de derrota, y en su lugar se izaba la de las barras y las estrellas. Con su espada dio una orden y las carretas dejaron en vilo a los sentenciados.”



Hubo gran empeño de parte de los individuos del gobierno mexicano, de algunos extranjeros respetables, del arzobispo y de diversos eclesiásticos, y hasta de las señoras de San Ángel y Tacubaya, para salvar á estos desgraciados; pero nada se consiguió de Scott, que más adelante hizo aparecer al gobierno mexicano como el único y verdadero verdugo de aquellos hombres por haber provocado y favorecido su deserción. El cruel castigo se cumplió y como escribió Niceto de Zamacois (Historia de México) “la pluma se resiste a relatar el martirio sufrido por aquellos desgraciados.”

El rastro de John O’Reilly se perderá en el tiempo, pero se dice que murió en agosto de 1850 y su cuerpo descansa en la catedral de Veracruz, con el nombre de Juan Reley, el mismo con el que fue inscrito en los archivos del Ejército Mexicano.

Desde el 17 de mayo de 1999, en la sala principal de la Cámara de Diputados de México, el nombre del Batallón de San Patricio está inscrito con letras de oro, al parejo del de muchos otros héroes mexicanos. Ese mismo año, el cine mexicano recogió la epopeya en la cinta "Héroes sin Patria", estelarizada por Tom Berenger y Daniela Romo.

El primer domingo de cada mes, la Banda de Gaiteros del Batallón de San Patricio, mantiene el recuerdo de aquellos héroes que pelearon en defensa de nuestra integridad territorial. En el Convento de Churubusco, hoy Museo de las Intervenciones, lugar en donde finalmente fueron tomados prisioneros los irlandeses por las tropas invasoras norteamericanas, desfilan los gaiteros en honor de quienes supieron unirse a la causa justa de México.